domingo, 4 de abril de 2010

La prudente coherencia.


No es necesario triunfar para ser feliz. La felicidad se compone de pequeños instantes, es un estado mental. Ninguna satisfacción cumplida garantiza nuestro bienestar posterior, este depende nuestra forma de percibir. Esto es lo que yo llamo "la alegría de vivir" y le es intrínseco cierto punto ciego.
En otras ocasiones he hecho referencia a la fuerza y el valor necesarios en la mujer para afrontar los problemas derivados de la maternidad en soledad. Y hoy hilvanando unas cosas y otras me percato de cómo he llegado hasta aquí.
Cometí un error, no hice las cosas bien. Me faltó la educación necesaria para cuidar mis posibilidades de ser igual. Es imposible pretender vivir con la misma facilidad que un hombre, llegar a los mismos sitios. Somos diferentes ya que sólo nosotras poseemos la cualidad de procrear.
¿Cómo es posible que se pueda obligar a un hombre a tomar responsabilidad de una consecuencia no deseada por él y no se pueda obligar a una mujer a lo mismo? ¿Por qué ese egoísmo, esa medida de fuerza total y radical en el supuesto sexo débil? Es incomprensible para mí la necesidad social de seguir discutiendo este tema.
Mi forma de afrontarlo fue ponerme anteojeras y tirar. En el instantáneo presente, día a día, desayuno almuerzo y cena, y otro día. Disfrutando la sonrisa de Lucia y muchas veces sufriendo por propia incapacidad. Pude haber adoptado otra decisión, y analizar este tema con propiedad, con coherencia o con frialdad aún no me es posible. Sencillamente me gustaría que la sociedad en la que vivo me apoyara un poquito más. Es impresionante observar como tus más íntimos incluso, te hacen ver en muchas ocasiones las "contraprestaciones" de tener un hijo sin padre.
Increíble me resulta. Personas, liberales, modernas e inteligentes ven a Lucia como una tara. Es cuestión de valores.
Yo considero que perderse mi mayor virtud es una soberana estupidez.

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